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La Continuidad que hace posible la Evolución.

Actualizado: hace 1 día

Values & Value Magagine

Hay organizaciones que atraviesan generaciones sin dejar de resultar contemporáneas. No permanecen iguales, ni lo pretenden.


Han cambiado sus productos, su manera de trabajar, la tecnología con la que operan o el perfil de las personas que las integran. Han respondido a mercados distintos y a expectativas sociales que sus fundadores nunca imaginaron.


Y, sin embargo, conservan algo difícil de definir y fácil de reconocer. Siguen siendo ellas mismas.


Otras organizaciones, en cambio, parecen agotarse mucho antes. Cada transformación las aleja un poco más de aquello que decían ser. Cada decisión abre una dirección distinta. El cambio acaba sustituyendo a la identidad, en lugar de expresarla.


La diferencia no está en la velocidad con la que evolucionan, está en la conversación que mantienen con el paso del tiempo.


Con frecuencia entendemos la consistencia como la capacidad de permanecer. Como si ser coherente consistiera, sobre todo, en conservar.


Quizá ésa sea una comprensión demasiado limitada.


La continuidad no consiste en repetir el pasado. Consiste en mantener una conversación coherente con él mientras se construye el futuro.


Las organizaciones que perduran no viven ancladas en sus orígenes. Tampoco renuncian a ellos cada vez que el contexto cambia. Avanzan sin romper el hilo que da sentido a sus decisiones.


Ese hilo es la identidad.


Durante años hemos asociado la identidad organizativa con aquello que debe protegerse del cambio. Como si definir quiénes somos implicara limitar aquello que podemos llegar a ser.


Sin embargo, ocurre exactamente lo contrario. La identidad no limita la evolución, la hace posible.


Cuando una organización sabe quién es, puede experimentar, puede equivocarse, puede incorporar nuevas tecnologías, explorar modelos distintos de trabajo o responder a realidades que antes no existían.


No porque todo valga, sino porque dispone de un criterio desde el que decidir y de un punto al que volver.


Por eso la cultura no debería entenderse como un conjunto de hábitos compartidos.


Los hábitos cambian.

Las prácticas evolucionan.

Las estructuras se transforman.


La cultura permanece en otro lugar. Es el criterio compartido que permite que decisiones distintas sigan perteneciendo a una misma organización.


Quizá ésa sea la diferencia entre adaptarse y evolucionar.


La adaptación modifica el comportamiento para responder a un entorno diferente.

La evolución permite seguir siendo reconocible dentro de ese entorno.

La primera responde al contexto.

La segunda responde también a la identidad.


Por eso dos organizaciones pueden incorporar exactamente la misma innovación y, sin embargo, recorrer caminos muy distintos. En una, el cambio responde a una necesidad de mantenerse vigente. En la otra, expresa una manera propia de entender el futuro.


La diferencia no está en la innovación, está en el lugar desde el que se innova.


Vivimos un tiempo en el que la velocidad parece haberse convertido en la principal medida del progreso. Sin embargo, las organizaciones que admiramos rara vez son las que cambian por cambiar.


Son aquellas capaces de distinguir qué debe evolucionar y qué merece permanecer.


No para conservar el pasado, sino para dar continuidad a aquello que les permite seguir construyendo el futuro con sentido.


Quizá ésa sea una de las responsabilidades más profundas del liderazgo y del buen gobierno.


No decidir entre consistencia o innovación, sino custodiar una identidad lo suficientemente clara como para que la evolución nunca obligue a la organización a dejar de reconocerse.



Miriam Ponce

Director Corporate Culture & Governance

 
 

 

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