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El problema no es decidir. Es quién puede, quiere o es capaz de sostenerlo.

Values & Value Magazine

Hay organizaciones que toman muchas decisiones. Y, sin embargo, avanzan poco.


No es un problema de actividad. Es un problema de cómo la organización se relaciona con la toma de decisiones.


Porque decidir no es posicionarse. Es asumir dirección bajo condiciones incompletas. Y en ese acto no solo se define un resultado. Se define la dirección real del sistema.


En comités de dirección y consejos, emerge una contradicción persistente.


Se espera criterio, pero no siempre se desarrolla.

Se exige agilidad, mientras se diseñan sistemas que diluyen la posibilidad de explorar nuevas opciones.

Se distribuye la capacidad de decidir, pero no siempre la responsabilidad de sostener una visión ampliada.


Lo que parece un problema de decisión suele ser otra cosa. Es la consecuencia de cómo la toma de decisiones ha sido estructuralmente definida y reforzada en el tiempo.


Porque en la práctica, las decisiones rara vez fallan por falta de intención. Fallan porque no encuentran un espacio real donde sostenerse.


No ocurren en estructuras formales, sino en la arquitectura de relaciones que las habilita —o las bloquea, de forma silenciosa—.


En ese punto, la pregunta cambia.


Ya no es cómo decidir mejor, sino qué está impidiendo que las decisiones ocurran donde deberían.


Desde ahí, la toma de decisiones deja de ser un acto aislado. Pasa a ser el resultado visible de un sistema.


Un sistema que define qué es posible, qué es legítimo y qué puede sostenerse una vez que se decide.

Un sistema que no solo distribuye roles, sino que configura cómo las personas interpretan, asumen y sostienen la responsabilidad.


Y que, con el tiempo, hace algo aún más determinante: refuerza qué tipo de decisiones son aceptables —y cuáles no—.


Esta dinámica se hace visible a través de tres dimensiones interrelacionadas.


La primera es la capacidad.


No como un atributo fijo, sino como algo que se desarrolla —o se limita— en función del contexto.


Hay organizaciones que amplían el criterio. Exponen a la complejidad, permiten el error, ensanchan la lectura.


Otras hacen lo contrario. Reducen el espacio de decisión, penalizan la desviación y estrechan la interpretación.


Con el tiempo, esto no es neutro. Define si las personas son capaces de sostener la complejidad, o si sienten la necesidad de simplificarla de forma prematura.


Porque decidir no exige sólo conocimiento. Exige la madurez de sostener la complejidad sin reducirla antes de tiempo. Y esa madurez no se declara. Se construye —o se bloquea— desde el propio sistema.


Pero la capacidad no lo explica todo.


Porque incluso cuando existe la capacidad de decidir, no siempre existe la disposición para hacerlo.


Decidir implica exposición. Genera impacto. Y, en muchos casos, introduce tensión.


En culturas donde el error tiene un coste reputacional, donde las decisiones se juzgan más de lo que se comprenden, o donde se premian iniciativas parciales frente a la coherencia del conjunto, empieza a consolidarse una lógica distinta.


La organización aprende —de forma consistente y precisa— que no decidir es más seguro que decidir.


Y lo que la organización aprende nunca es casual. Es el resultado de lo que se refuerza, se tolera y se amplifica en el tiempo.


La disposición, entonces, no desaparece. Se ajusta a lo que puede sostenerse sin consecuencias.


Es aquí donde la gobernanza se vuelve crítica.


Porque incluso cuando hay capacidad y existe disposición, la toma de decisiones puede seguir estando limitada. No de forma explícita, sino estructural.


Personas con responsabilidad formal y criterio sólido, operan en entornos donde decidir tiene un coste implícito.


A veces porque el poder de decisión está difuso. Otras, porque está concentrado pero no explicitado.


Pero con frecuencia ocurre algo más sutil. Se puede decidir. Pero no cualquier decisión.


Aquellas que cuestionan inercias, que integran impactos más allá de los silos, o que reordenan prioridades de forma significativa, no siempre son viables.


No por falta de claridad, sino por falta de espacio. Y esa diferencia es determinante.


Porque en ese punto, la gobernanza deja de ser un marco de decisión. Pasa a ser la infraestructura que define qué decisiones pueden existir —y cuáles no—. Y, por tanto, qué direcciones son realmente posibles.


La consecuencia no suele ser inmediata, sino acumulativa.


Cuando capacidad, disposición y permiso no están alineados, la organización no se detiene. Pero deja, progresivamente, de decidir con sentido real.


Las decisiones se fragmentan.

Se escalan cuando no deberían.

Se diluyen en consensos que no integran.O se evitan sin conflicto explícito.


Esto suele interpretarse como ineficiencia, pero es algo más profundo. Es una pérdida de coherencia. Y con el tiempo, esa pérdida reconfigura la lógica interna de la organización.


La dirección se convierte en algo que puede aplazarse.

La responsabilidad se vuelve negociable.

Y decidir deja de parecer necesario.


En ese punto, la organización no pierde velocidad, pierde dirección. Por eso la gobernanza no puede entenderse solo desde lo que define.


Muchos modelos de gobernanza son coherentes sobre el papel; describen roles, distribuyen autoridad y delimitan derechos de decisión. Pero la práctica revela otra cosa.


La autoridad se distribuye, pero sus consecuencias no se sostienen.

La autonomía se promueve, pero dentro de límites implícitos.

El liderazgo se invoca, mientras el sistema sigue operando desde la contención.


El problema no es solo de diseño. Es de lo que el sistema permite —y, sobre todo, de lo que legitima a través de la repetición.


Porque una organización no es su modelo de decisión. Es el conjunto de decisiones que realmente pueden sostenerse en su interior. Cuando eso deja de estar claro, algo fundamental cambia.


Decidir deja de ser un acto claro. Y el liderazgo deja de ser una práctica real. Sin eso, la dirección no se construye, se desplaza.


Y la pregunta vuelve, pero en otro nivel.


No cómo mejorar la toma de decisiones, sino qué tipo de sistema estamos diseñando cada vez que alguien decide —y qué ocurre después.


Porque es ahí donde las decisiones no solo definen la dirección. Definen las condiciones bajo las cuales esa dirección será posible.


Miriam Ponce

Directora Cultura Corporativa y Gobernanza

 
 

 

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