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"Es lo que es".

  • Foto del escritor: miriamponce.com
    miriamponce.com
  • 3 nov 2025
  • 2 Min. de lectura

En entornos profesionales complejos, dinámicos y exigentes, existe una tentación recurrente: reinterpretar la realidad para que encaje con decisiones que, en un momento dado, nos resultan funcionales. Cuando esto ocurre, solemos decirnos —y decir— que “es lo que es”.


Sin embargo, más que una aceptación consciente, muchas veces se trata de una racionalización. Una forma de justificar pequeñas desviaciones respecto a aquello que, en origen, definía nuestra dirección profesional y personal.


Cada una de estas decisiones ajusta imperceptiblemente nuestra brújula interna. El norte no desaparece, pero se desplaza. Y cuando ese desplazamiento se consolida en el tiempo, la distancia respecto al propósito inicial se amplía.


El impacto no es inmediato, pero sí acumulativo.


A medida que seguimos construyendo desde un norte alterado, se debilita la conexión con nuestro propio recorrido: disminuye la claridad sobre qué queremos construir, por qué lo hacemos y desde qué valores tomamos decisiones. La sensación de avance permanece, pero el sentido de dirección se diluye.


En este punto, el desarrollo del camino personal-profesional empieza a verse condicionado por factores externos. El contexto, las dinámicas organizativas, las expectativas del entorno o las agendas ajenas comienzan a co-participar en la definición de nuestro rol, nuestras prioridades y nuestra energía.


Ya no operamos desde todo nuestro potencial. Una parte de nuestro talento, criterio y capacidad de impacto queda absorbida por trayectorias que no son necesariamente las nuestras.


Desde una mentalidad de crecimiento, la clave no está en la rigidez, sino en la coherencia evolutiva. Crecer implica cambiar formas, no perder dirección. Implica desarrollar nuevas capacidades, explorar nuevas expresiones del liderazgo y adaptarse a contextos distintos sin renunciar al propósito que da sentido al recorrido.


Cuando la dirección es clara, las relaciones profesionales se vuelven más sólidas y sostenibles. La reciprocidad deja de ser transaccional para convertirse en estratégica: alineada, justa y consistente con quiénes somos y con el valor que aportamos.


El verdadero liderazgo —también el liderazgo personal— comienza cuando asumimos la responsabilidad de sostener nuestra propia brújula. De decidir conscientemente qué se ajusta, qué evoluciona y qué no es negociable.


Porque el crecimiento profesional sostenible no consiste en encajar en cualquier camino disponible, sino en construir el propio.


Nuestra trayectoria, en nuestras manos. No en las manos de otros.


Miriam Ponce

Directora Cultura Corporativa y Gobernanza



 
 

 

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